viernes, abril 03, 2009

Cientos

Una vez de chico estaba de vacaciones en Mendoza. Estábamos andando a caballo los cuatro. Me acuerdo que mi papá me había explicado, tal vez varios años antes, que el hombre era el único animal que pisaba dos veces la misma piedra. Yo le tenía un poco de miedo a los caballos. Tal vez era la primera vez que andaba a caballo. O la segunda. Veníamos como por un barranco para principiantes y de repente mi caballo pisó una piedra. Zas, me dije. Algo falló. O papá se equivocó o el caballo estaba en las últimas o nunca había hecho ese camino. Ninguna de las tres me dejó tranquilo. Y seguí nervioso el resto de la excursión.


La cosa es que soy persona y como tal me equivoco. Seguido y de formas similares. Y eso no parece ponerme tan nervioso. En la primaria tenía pruebas. No me acuerdo mucho de las pruebas. Apenas tengo unas imágenes en la memoria. Terminando, entre feliz, nervioso y exultante, un examen de geografía sobre las Islas Malvinas en solo 15 minutos. Yéndome erguido al patio a buscar juegos para ermitaños y escuchando a mi maestra avisarme que había hecho solo la mitad de la prueba, que la hoja seguía al otro lado. O tal vez nervioso, achicharrado, orgulloso de estar reproduciendo algo parecido a eso que al parecer hacía mi mamá en los buenos viejos tiempos. En el patio, muerto de miedo y todavía tratando de digerir el té con leche, con mi única hoja de apunte. Avellaneda, que no era lo mismo que Mitre. Sarmiento. Tal vez Urquiza, pero no me suena. Un miedo de locos. Y seguro que me fue bien, pero de eso no me acuerdo. Y ese es el punto.


Y vino la secundaria. Primer año. Mi primer gran crisis. Miedo y más miedo. Mi papá venía hasta Almagro a almorzar conmigo. Lloraba en casa. Me golpeaba la cabeza contra la pared. Temblaba de miedo. Lloraba. Mucho. Un lugar enorme, desconocido, lleno de gente. Historia, matemática, lengua. Toda gente muy inteligente, locuaz. Yo haciendo lo que podía. Y el miedo un poco se iba cuando me ponía a pensar. Y de repente llegaron las primeras pruebas. Mucho no me las acuerdo. Sí me acuerdo del primer boletín. Creo que tuve como ocho o nueve 10. Indignante. Y los años se sucedieron. Trimestre tras de trimestre. En cada trimestre, si mal no recuerdo, había dos pruebas. O una tal vez. O sea, un montón de pruebas. Y en cada una, sea de lo que sea la prueba, mis nervios se trituraban. Historia Judía, Natación, Biología. Esta vez me iban a reventar. Leía, leía, leía. Y todos en la división venían a preguntarme. Y siempre, siempre, siempre me iba bien. Y así terminó la secundaria.


Y vino la universidad. Y esta vez, estaba seguro, iba a ser malo malo. Acá estaba rodeado de gente que sabía muchas cosas. Gente que sabía manejar sus nervios. Y yo no lo iba a lograr. Y llegaron los primeros parciales. Del CBC. Y estudié. Y sufrí. Mucho. Me acuerdo de las sesiones en terapia. Sufriendo. Casi llorando. Implorando. Que esta vez me vaya bien. Este profesor me odiaba. Esta vez no había entendido bien. Ese día estaba poco concentrado. Me dolía un poco la cabeza. Hacía demasiado calor. Había comido pesado. Esa vez me iba a ir muy mal. Y sufría. Mucho. Mi estómago se comprimía. El suspenso me mataba. Hasta que me daban la hoja con las consignas los nervios masticaban mi esófago. Así, crudo, como vino al mundo. Y de repente, el milagro. Me daban la hoja y la leía. Todas las consignas. Eran fáciles. Se habían equivocado, pero me iba a aprovechar. Ja. Eran fáciles. Era mi día de suerte. Empezaba a escribir. Mucho. Hasta que me dolía la mano. Y estaba nervioso hasta la entrega de notas. Bastante. Me había ido mal a pesar de que era fácil. No había aprovechado la oportunidad. Estaba poco concentrado. Tuve fiaca. Mea culpa. Redacté de forma confusa. Me salteé pasos en la demostración. No leí toda la consigna. Siempre igual. Mentira, nunca me había pasado eso. O tal vez alguna vez. Pero siempre es nunca y nunca es siempre y mi estómago se hacía bolita. Y me daban la nota. Y otra vez diez. Y me olvidaba. Cabeza fresca. Vamos a comer algo. Nunca una lección aprendida. Nunca. Nunca.


Hoy llegué con lo justo al aeropuerto. Por diez minutos. Mañana doy un curso. Estoy muy nervioso. Seguro sale mal. Como siempre. Como nunca.



3 comentarios:

Will dijo...

Ché! que gusto leerte de nuevo.

Siento que a veces esa inseguridad es buena, probablemente si hubieses estado confiado pierdes la concentración y no te va muy bien, esa es mi excusa para no sentirme mal por sentirme mal.

Sí que me odiaban mis compañeros cuando preguntaban: "¿Cómo te fue?" mi respuesta siempre: "mal". Y a la entrega de notas, siempre el primero ... o por ahí.

Saludos! y no desaparezcas tanto tiempo.

S.I. dijo...

no será como pagar un peaje antes del disfrute?
A mí me pasa muchas veces, pero cuando me avivo, trato de no angustiarme
SUERTE!

German Pellejero dijo...

Muy bueno!! Como no recordar los viajes llenos de nervios desde la YPF al Pab I.