
Jueves a la noche. Mi última noche en tierras ticas. Corridas bancarias, corridas laborales, corridas. Salgo del trabajo a las ocho. La invitación que hizo Gabriela, la recepcionista de Artinsoft, decía: "Despedida del Che - 8PM". Salgo al trote ligero y me subo a un bondi. Voy a casa, hablo con papá, ultimo detalles sobre mi llegada, me ducho, me acicalo y me monto en uno de los tantos rojizos taxis que pueblan San José. Rumbo a La Esquina. Es mi despedida. Llego tarde, pero tampoco es tan grave. Hay algunos conocidos. Ni muchos ni nadie. Ser el centro de la fiesta me pone en una incomodidad que de a ratitos reconforta. Llega más gente. No hay mucho para hacer en un bar y sin embargo hay bares lindos y bares feos. Se toma y se charla. Y si no hay tema de charla o no se conoce al interlocutor poco importa: el alcohol es el lubricante social por excelencia. Y esta noche estoy predestinado. Poca es la mercancía que se adquiere en el bar y al agasajado mejor que se le regale algo. Un trago en mi homenaje. Otro. Y un tercero. Y ni siquiera siguen un hilo temático, lo que acelera el mareo y complica posteriores digestiones. Y siguen las invitaciones. Y pasan las horas. Mi vuelo sale a las 8:45. Todavía no hice el bolso. El bueno de David me pasa a buscar 5:30. El plan es perfecto: llego a casa a las 4 hecho una pinturita, armo la valija y rumbo al más allá. Casi que lo cumplo a la perfección: llego a casa 3:30. Pero la pinturita es más bien surrealista. Mareos infernales y hasta un vómito riegan mi cabeza. No me puedo mantener en pie. Mucho menos armar una valija. Casi sin pensarlo, me duermo.
Dolor de cabeza. Mucho. Náuseas. Muchas. Y sol. !Sol! Abro la compu y miro la hora. 7:11. Miro de nuevo. Miro. 7:11. No comprendo. 7:11. 7:12. Mi avión, 8:50. David, 5:30. Yo, 7:11. Trato de reaccionar. Mi cabeza ya se mide en toneladas y mi esófago improvisa ritmos tropicales. Me levanto como puedo, trato de desesperarme y entro a meter ropa y demases a puro arrojo a la valija medio abierta. No es Saigón, pero hay que huir. Ya. O peor, hace hora y media. No me lavo los dientes. No limpio el departamento como estaba planeado. Solamente salgo corriendo, con bolsos colgantes y cara de dinosaurio extinto. Llego a la esquina y paro un taxi. Me subo. Le explico: tarde, muy tarde, ya al aeropuerto. La parsimonia del tipo logra desesperarme. Me siento en una película y actúo en consecuencia: le ofrezco 50 dólares si llegamos antes de las 8. No se inmuta. Toma una ruta pésima y caemos en medio de un embotellamiento de proporciones bíblicas. Trato de llorar. Me apreto el ojo y la cabeza. Busco empatía y encuentro ojos vacíos. Pienso alternativas. Media hora que se hizo dos y llegamos. Le doy los 50 verdes y le asigno una misión: ir a Artinsoft a dejar mi celular. Delega de forma eficiente y triunfarás. Y no te olvides de poner el despertador.
Entro al aeropuerto con una mezcla de resignación y voluntarismo necio. No veo al comité de desesperación clamando por gente que se llame como yo. A lo sumo un par de pasajero parsimoniosos que encaran quién sabe hacia dónde. Me acerco y pregunto sobre algunos hombros si todavía me puedo subir al vuelo. Un seco "no" me baña de realidad. Hago la cola mientras me agarro de algún poste imaginario. Dolor de cabeza y náuseas. El dúo dinámico. El dueto apocalíptico. Me toca y enuncio con voz temblorosa que perdí el vuelo. La impasibilidad del gordito que me atiende me tranquiliza. Teclea cosas en su compu. No mueve ni una pestaña. Y después de un tortuoso minuto de silencio me dice que va por el día 20 y no encuentra ni un asiento libre. Apoyo la frente sobre el mostrador y trato de interconectar neuronas. Pregunto por un pasaje en primera. A ver. Hoy no. Mañana sí. Hago cuentas y sin saber cuánto va a doler, doy el sí de los ninõs. Se va y dice que ya vuelve. No doy más y me recuesto en el piso, espalda contra el mostrador. Transpiro mucho. El taxista me dijo que olía mal y me convidó un chicle. Debo tener más ojeras que pestañas. Y eso que pestañas no me faltan. Tal vez me quedo dormido, hasta que me llaman con un dedo. 825 dólares. Trago saliva, me preparo para el mea culpa y de repente, cual relámpago esclarecedor, recuerdo que en el viaje de ida me habían dado un voucher por 500 verdes divisas. Temas de vientos en contra y compensaciones poco realistas. Pelo voucher, respiro aguantándome el vómito y festejo en silencio. Siesta, tranquilidad, viaje en primera y redención. 325 dólares no está tan mal. Pasaron dos horas hasta que pudieron facturarme el cambio. En el camino fui unas 8 veces al baño. Me cambié de remera, vomité, me empapé el pelo y dormí al son de flatulencias ajenas. Volví a casa en el mejor taxi que conseguí. Y dormí. Mucho. Largo. Acá estoy. Ya casi llego. No, la omnipotencia no es buena consejera. Casi nunca.